14. NOMBRE CLAVE: Águila Roja.
La ciudad de Sylvania nunca dormía, pero esa noche algo más que luces y ruido recorría las calles: la operación Niebla Carmesí había comenzado.
Desde la cima de la torre Helm, la agente Kara Delven, nombre en clave Águila Roja, observaba la ciudad con sus binoculares térmicos. Vestía un traje táctico negro, con placas livianas, cuchillas ocultas y una máscara de respiración. En su brazo izquierdo brillaba la interfaz de su guante con la misión: “Extraer al objetivo. Código 06. Sin bajas civiles. Prioridad Alfa.”
El objetivo era un exagente llamado Joren Vance, quien había robado una lista de infiltrados en gobiernos internacionales y amenazaba con venderla al mejor postor. El contacto lo esperaba en un almacén del distrito portuario, zona controlada por bandas criminales que ofrecían más plomo que preguntas.
—Tiempo de entrada: 4 minutos, —dijo Kara a través del micrófono—. Confirmen apoyo aéreo.
La voz del Comandante Reeve sonó por el canal:
—Negativo. Tormenta electrónica. Estás sola.
—Como siempre.
Kara saltó del borde del edificio. Cayó cinco pisos con la ayuda de un cable retráctil. Rodó, desenfundó su pistola de pulso, y comenzó a moverse entre sombras.
En el almacén, Joren revisaba la tableta con los datos robados. Tenía dos guardaespaldas, ambos fuertemente armados. Afuera, drones centinela patrullaban el perímetro.
—Cinco minutos, Joren —dijo el comprador, un hombre con rostro modificado y un ojo biónico que grababa todo.
—Cinco y me largo de esta maldita ciudad.
Pero no lo haría.
Kara neutralizó a los dos centinelas del techo en segundos. Usó una combinación de gancho y salto para alcanzar la plataforma superior y entrar por una claraboya.
El cristal se rompió. Cuerpos cayeron. Disparos.
Kara rodó, lanzó una granada de aturdimiento. Los guardaespaldas cayeron. El comprador sacó un cuchillo de energía y cargó hacia ella.
—¡Mierda! —gruñó Kara.
Se defendió con sus cuchillas de brazo. El metal y el plasma chocaron. Saltos, patadas, bloqueos. Rápido como un rayo, Kara lo desarmó y lo inmovilizó.
—¿Dónde está la copia?
Joren intentó escapar. Kara le disparó en la pierna.
—¡AH! ¡NO ME DISPARES! Está en la nube. Pero solo yo tengo la clave.
—Perfecto —dijo Kara. Luego le inyectó un suero de rastreo.
Cuando salía, una alarma sonó.
Los drones restantes rodearon el edificio. Kara corrió por las pasarelas, disparando a sus puntos débiles. El almacén ardía.
De pronto, una figura emergió de entre las llamas: Comandante Rivas, su antiguo mentor. Y su traidor.
—¿Sabías que él trabaja para mí? —dijo Rivas, sonriendo—. Bien hecho, Kara. Justo como planeé.
—¿Tú filtraste los nombres?
—Claro. Hay más dinero vendiendo verdades que protegiéndolas.
Kara apretó los puños. Rivas desenfundó dos espadas cortas.
—Ven. Como en los viejos tiempos.
El combate fue brutal. Kara esquivaba con agilidad, pero Rivas conocía cada uno de sus movimientos. La lluvia chispeaba contra el metal mientras los dos giraban, golpeaban y bloqueaban. Kara recibió un corte en la ceja. Rivas, una patada en las costillas.
—No tienes que morir —le ofreció él—. Únete a mí.
—¿Y vender todo por lo que luchamos? No. Yo termino lo que empiezo.
Con una maniobra arriesgada, Kara activó su cuchilla térmica. Atravesó la defensa de Rivas y lo derribó. Él cayó de rodillas, sangrando.
—Siempre supiste ganar —dijo él, y sonrió con sangre entre los dientes—. Pero nunca entendiste el juego.
—No tengo que jugarlo. Solo cambiar las reglas.
Lo dejó inconsciente y pidió extracción. Esta vez, la señal respondió.
Días después, la lista fue recuperada, y los infiltrados protegidos. Pero Kara no regresó a la agencia.
Desapareció.
Se rumorea que ahora opera en las sombras, desmantelando redes criminales, usando su entrenamiento no para seguir órdenes… sino para corregirlas.
Cuando el mundo tiembla y los gobiernos callan, solo hay un símbolo que hace que los enemigos miren al cielo:
Una silueta de águila roja pintada con sangre.

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