12. Los ojos en la pared.

 

Nadie sabía qué había pasado con Lucía Mendoza.

Durante años fue una bibliotecaria tranquila, amante del silencio y las rutinas. Vivía sola en un antiguo departamento en la calle Ríos, en el tercer piso de un edificio construido en los años 40. A sus 38 años, su vida era predecible y segura. Hasta que empezó a escuchar los susurros.

Todo comenzó con un ruido suave en la pared. Como si alguien arañara desde el otro lado. No era constante. Venía en las noches, cerca de las 3:00 a. m., cuando todo el edificio dormía. Al principio pensó que era una rata, o quizás un vecino haciendo algún trabajo a deshora.

Pero una noche se levantó, colocó la oreja contra la pared… y escuchó claramente una respiración.

No gritó. No podía. Se quedó helada, paralizada, hasta que la respiración cesó. Pensó que tal vez era su imaginación.

Pero no fue solo una noche.

A la siguiente, volvió a oírla. Y esta vez, junto con la respiración, escuchó algo peor: una voz. Baja. Profunda.

—Lucía…

Saltó de la cama. Encendió todas las luces. Revisó el departamento. Nada. Llamó al conserje, quien juró que no había nadie en el apartamento contiguo: estaba desocupado desde hacía meses.

La noche siguiente, la voz regresó.

—¿Por qué no me contestas, Lucía?

Cubrió las paredes con mantas, trató de dormir con música, incluso dejó la televisión encendida. Nada funcionaba. La voz era persistente, y se volvía más clara, más segura de sí misma.

—Puedo verte. Puedo sentirte. Estoy justo aquí.

Lucía dejó de dormir. Apenas comía. En el trabajo, sus compañeras notaban su mirada perdida, sus movimientos mecánicos, sus temblores. Cuando le preguntaban si estaba bien, Lucía solo asentía con una sonrisa vacía.

Una tarde, mientras hojeaba un libro en la biblioteca, notó algo inquietante. En una de las páginas, alguien había dibujado un ojo. Pequeño, detallado, abierto de par en par. Pensó que era una casualidad. Hasta que revisó otro libro. Otro ojo. Y otro. Diez libros diferentes. Diez ojos. Todos idénticos. Mirándola.

Lo reportó a la dirección. Nadie más los vio. Cuando trató de mostrar los dibujos, las páginas estaban limpias.

Aquella noche, al llegar a casa, encontró la palabra “MIRA” escrita con lo que parecía carbón en su espejo. Corrió a borrarlo. Su reflejo, durante un breve instante, no la imitó.

Desde ese momento, comenzó a ver los ojos por todas partes. En las vetas de la madera, en los mosaicos del baño, en las burbujas del jabón. Siempre abiertos. Siempre fijos en ella. Dormía con todas las luces encendidas, con gafas de sol puestas, y aún así los sentía.

Llamó a una psicóloga. Habló de estrés, de insomnio. Pero nunca mencionó la voz. Nunca los ojos. Temía que no la creyeran. O peor: que la creyeran y la encerraran.

Pero la voz se volvía más exigente. Ya no suplicaba.

—Lucía, mírame.

—Lucía, no cierres los ojos.

Una noche, la encontró sentada en su sillón. Una silueta oscura, apenas visible, hecha de sombras y niebla. No tenía rostro. Solo ojos. Docenas de ellos, esparcidos por su cuerpo. Algunos parpadeaban. Otros lloraban sangre. Todos estaban abiertos y fijos en ella.

Lucía gritó y cerró los ojos, pero eso no ayudó. La figura seguía allí cada vez que abría los párpados.

—¿Qué quieres de mí? —lloró.

La figura respondió con una voz como un eco:

—Quiero que veas. Quiero que recuerdes.

La palabra “recuerdes” la golpeó como una campana. Lucía comenzó a tener sueños confusos, visiones de una infancia que había bloqueado. Una casa rural. Un sótano. Una puerta cerrada. Llanto detrás. Gritos.

Un ojo grabado en la madera.

Corrió a buscar su viejo diario. No lo encontraba. Revisó su armario, su escritorio, sus cajas viejas. Finalmente, lo halló oculto bajo una tabla suelta del piso. No recordaba haberlo puesto allí. El diario tenía páginas arrancadas. Otras, tachadas con furia. Pero entre las líneas ilegibles, leyó una frase escrita con letra infantil:

“Mamá no me cree. El ojo me habla. El ojo sabe lo que hice.”

Lucía comenzó a perder el control. El tiempo se desdibujaba. Dormía durante el día, se despertaba en lugares que no recordaba haber ido. Una vez se halló en la azotea del edificio, con los ojos cerrados y los labios murmurando palabras en un idioma que no conocía.

Una noche, despertó de pie, frente a la pared donde todo comenzó. Estaba cubierta de ojos dibujados con crayón, algunos con garras, otros llorando. En el centro, escrito con sangre, decía:

“DEJASTE QUE MURIERA.”

Lucía cayó de rodillas.

—¿Quién eres? ¿Qué hice?

Y la voz respondió:

—Soy lo que viste y no ayudaste. El que gritó y tú ignoraste. Soy la culpa que enterraste.

En un destello de lucidez, Lucía recordó.

Tenía nueve años. Había un niño. Un primo. Lo encerraron en el sótano por castigo. Ella escuchó sus gritos, sus súplicas. Y no dijo nada. Tenía miedo. Miedo de que sus padres también la encerraran. El niño murió allí, solo, de hambre y terror.

Ella lo supo. Lo supo siempre.

Desde entonces, había vivido con esa sombra en lo más profundo de su mente. Hasta que decidió olvidarlo. Y el olvido la protegió… por un tiempo.

Hasta que la voz regresó.

Ahora, Lucía entendía: los ojos no eran ajenos. Eran suyos. Su conciencia observándola, exigiendo justicia.

La última noche, los vecinos oyeron gritos. Golpes. Ruidos como de muebles arrastrados.

Cuando la policía entró, encontraron a Lucía en posición fetal, los ojos abiertos de par en par, con las pupilas dilatadas. Murmuraba: “Me ve… siempre me ve…”

Las paredes del apartamento estaban cubiertas de dibujos. Ojos. Decenas, cientos. Todos hechos con sus uñas, sus dedos, su sangre.

Lucía fue internada en un centro psiquiátrico.

Nunca volvió a hablar.

Y aún hoy, dicen las enfermeras que en las madrugadas, Lucía se sienta frente a la pared blanca de su celda… y dibuja. Ojos. Uno por noche.

Para que nadie olvide lo que ella quiso enterrar.

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