15. La carretera del silencio.
Texas, condado de Terrell, al borde del desierto. Cinco amigos se embarcan en un viaje por carretera, buscando alejarse de la ciudad, del estrés del trabajo y la universidad. Han alquilado una camioneta y planean acampar cerca de un antiguo pueblo abandonado llamado Dry Creek, un sitio que Leo encontró navegando en foros de “lugares olvidados”.
—Solo una noche, chicos —dice Leo mientras maneja—. Luego vamos al lago como habíamos planeado.
—Mientras no nos asesine un vaquero fantasma... —murmura Jared.
Natalie, sentada en el medio, hojea su cuaderno lleno de notas paranormales.
—Dry Creek fue evacuado en 1954. La gente empezó a desaparecer. Algunos culpan a un espíritu llamado "El que escucha".
—¿Y qué hace? ¿Te juzga por no usar tu direccional? —ríe Jared.
Emma le lanza una mirada cansada. Pero Maya, desde la ventana, murmura:
—¿No se dan cuenta de que estamos completamente solos?
Habían dejado atrás la última señal de celular hacía treinta minutos. La carretera se volvía cada vez más estrecha. Cuando llegaron al desvío de Dry Creek, ya era de noche.
El pueblo era una colección de estructuras a medio derrumbar: una escuela, una estación de tren oxidada, un hotel sin ventanas. Todo cubierto de polvo y silencio.
Aparcaron junto a la vieja iglesia. El campamento lo montaron rápido, entre bromas, bocadillos y cerveza.
Pero la noche cayó como un peso. Sin electricidad, sin sonidos de la naturaleza, solo silencio absoluto.
—¿Por qué no hay grillos? —pregunta Natalie.
—Quizás aquí murieron también —bromea Leo.
Emma saca su linterna. Todo luce... detenido. El aire es espeso.
De repente, Maya se queda inmóvil. Mira hacia el campanario de la iglesia.
—¿Lo vieron?
—¿Qué cosa? —pregunta Jared.
—Había alguien allá arriba. Una silueta.
Ríen nerviosamente, pero Emma decide comprobarlo. Suben en pareja: Emma y Leo, Jared y Maya. Natalie se queda sola en el campamento, anotando cosas.
En el campanario, no hay nadie. Pero hay marcas. Garabatos en las paredes. En el suelo, cera seca. Y símbolos tallados en madera.
Leo los fotografía. Jared, abajo, grita:
—¡¿Chicos, están viendo esto?!
Todos bajan. Natalie ha desaparecido.
Corren entre los edificios, gritan su nombre. Encuentran su cuaderno abierto frente a la estación del tren. Hay una nota escrita con letra temblorosa:
“Me está escuchando. No hagan ruido. No piensen fuerte.”
—¿Qué significa eso? —pregunta Emma.
—¿Escuchar qué? —susurra Maya, mirando a su alrededor.
Y entonces, lo oyen.
Pasos.
No de una persona. Pesados. Lentos. Cerca. Pero no hay nadie visible.
De pronto, el viento se detiene por completo. Incluso el polvo parece congelarse. Maya cae de rodillas, tapándose los oídos.
—¡Está aquí! Está en mi cabeza.
Leo intenta levantarla, pero Jared lo detiene:
—No hagas ruido.
Un tren oxidado, que debería estar muerto hace décadas, silba débilmente desde la estación. Las vías están cubiertas de tierra, pero el sonido es real.
Emma, pálida, susurra:
—¿Y si Dry Creek nunca fue abandonado… sino absorbido?
Se refugian en el hotel. Una recepción cubierta de telarañas. Colchones podridos. Pero al menos hay paredes.
De pronto, Maya se pone de pie. Pero sus ojos están completamente negros.
—No es solo un espíritu —dice con voz doble—. Es un eco. Ustedes lo trajeron.
Emma corre a sacudirla. Maya cae, jadeando.
—Estaba en un sitio… sin luz. Como si me tragaran. Natalie está ahí.
—¿Dónde?
—Debajo. Bajo tierra.
Leo recuerda el sótano de la escuela.
Corren entre ruinas. La puerta del sótano está cerrada con una cadena oxidada. Jared la rompe a patadas. Bajaron con linternas y cuchillos de camping, sin saber qué esperaban encontrar.
Las paredes están cubiertas de más símbolos. Hay jaulas vacías. Y sonidos... suaves susurros.
En una esquina, acurrucada, Natalie.
Emma corre hacia ella. Está temblando, pero viva.
—Me decía cosas. Me decía que siempre ha estado aquí. Que escucha a los que creen en él.
Y entonces se oye un grito.
Jared.
Lo encuentran colgando de las cadenas del techo, convulsionando.
Emma lanza su linterna, que ilumina brevemente una figura alta, cubierta de sombras, con un cráneo animal por cabeza. Donde deberían estar sus ojos, solo hay cavidades que absorben luz.
La criatura desaparece en un suspiro.
Salen arrastrando a Jared. Apenas puede hablar. Solo repite:
—“Está en la voz. No hablen. No... nombren…”
Leo toma el volante. Emma lo guía con mapas viejos. Condujeron en silencio. Solo el sonido del motor.
En el retrovisor, la figura los observó desde la cima de la iglesia… hasta que la carretera los tragó de nuevo.
Semanas después, los cinco no volvieron a hablar de lo ocurrido. Maya no volvió a salir de noche. Jared dejó su carrera de derecho. Natalie escribió un libro sobre “entidades ancladas al pensamiento colectivo”.
Emma revisa las grabaciones de esa noche cada madrugada. En una de ellas, justo antes de la interferencia, se oye un susurro:
“Gracias por recordarme.”
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