4. El cuaderno rojo.

 


Mateo nunca creyó en supersticiones. Era lógico, metódico y escéptico hasta la médula. Así que cuando su tía abuela Clara murió y le dejó como única herencia un viejo cuaderno de tapas rojas, apenas levantó una ceja.

—Quizá le tenía cariño —dijo su madre mientras él hojeaba las páginas en blanco—. O tal vez quería que descubrieras algo.

Mateo lo revisó de arriba abajo. Nada. Ni una sola palabra. Solo un nombre en la portada interior, escrito con una caligrafía elegante: “El que escribe aquí no está solo.”

Frunció el ceño. Un mensaje extraño, pero inofensivo.

Colocó el cuaderno sobre su escritorio y lo olvidó. Por semanas.

Hasta que una noche, durante una tormenta, despertó sobresaltado. La lluvia golpeaba los cristales con furia, y los truenos hacían temblar los muros. Al ir por un vaso de agua, notó algo en su escritorio.

El cuaderno rojo estaba abierto. Y había algo escrito.

No ignores lo que no entiendes.

Mateo sintió un escalofrío. Nadie había entrado a su habitación. Vivía solo. Y estaba seguro —completamente seguro— de no haber escrito eso.

Pensó en una broma. Quizás lo había hecho dormido. O lo había anotado antes y no lo recordaba. Cerró el cuaderno y volvió a la cama, convencido de que era una coincidencia absurda.

Pero al día siguiente, había una nueva frase:

Estás despertando algo que no debería hablar.

Mateo tragó saliva. Intentó ignorarlo, pero algo dentro de él —curiosidad o instinto— lo obligó a seguir leyendo. Cada día, el cuaderno tenía un nuevo mensaje. No aparecía mientras lo observaba. Solo cuando lo dejaba cerrado, sin vigilancia.

Los mensajes no eran amenazas directas, pero cada vez se volvían más personales. “No deberías haber abierto el cajón del fondo.” “La fotografía que falta de tu estantería no está perdida. La escondí.

Y lo peor… era cierto. Había abierto ese cajón hacía días. Y notó la falta de una fotografía, pero pensó que la había extraviado. Ahora dudaba de su propia memoria.

Una noche, decidió grabar. Dejó su celular apuntando al cuaderno con la cámara encendida, mientras él fingía dormir. A la mañana siguiente, se apresuró a revisar el video.

Nada.

El cuaderno no se movía. Pero, al abrirlo, una nueva frase lo esperaba:

“No puedes verme. Solo leerme.”

Ese día, Mateo no fue a trabajar. Ni comió. Ni durmió. Buscó en internet: foros, libros, cualquier cosa sobre cuadernos que escriben solos. Algunos hablaban de “escritura automática”, otros de espíritus, poltergeists, o de la mente inconsciente comunicándose.

Mateo no creía en eso.

Hasta que leyó:

“La sangre abre más puertas que la tinta.”

Era una advertencia. O una instrucción. No sabía cuál. Pero no la siguió.

Durante los siguientes días, el cuaderno se volvió más exigente. Más insistente. Las frases ahora eran órdenes:

“Escribe tu nombre.”

“Hazlo antes del anochecer.”

“Alguien ya lo hizo antes. Pregúntale a Clara.”

No podía preguntarle a su tía abuela. Estaba muerta.

O eso pensaba… hasta que recibió una carta en el buzón. Sin remitente. En el sobre, una nota escrita a mano:

“Mateo: si estás leyendo esto, el cuaderno ya está contigo. No escribas tu nombre. No cedas. Él te necesita para salir.”

Era la letra de Clara. Reconocible. Había visto cartas suyas antes. Pero… ¿cómo podía haberla escrito después de su muerte?

Mateo ya no podía comer ni dormir. Oía ruidos por las noches. Sillas moviéndose. Risas apenas audibles. Sombras fugaces en los espejos. El cuaderno lo esperaba cada mañana con una frase más urgente.

“Ya casi lo logras. Un trazo más.”

Esa noche, tomó una decisión. Llenó una página entera de insultos, tachaduras y líneas sin sentido. Escribió encima con fuerza, como si quisiera rasgar el papel. Luego, cerró el cuaderno con un golpe y lo arrojó al fuego de la chimenea.

Las llamas lo envolvieron en segundos.

Por fin, silencio.

Durante dos semanas, todo fue normal. Mateo volvió a trabajar. Empezó a dormir mejor. Incluso rió una tarde mientras veía una comedia en la televisión. Pensó que estaba libre.

Hasta que, una mañana, mientras se vestía, encontró algo en su chaqueta.

Un cuaderno.

Rojo.

Con su nombre grabado en la portada.

No el nombre que había escrito antes. Sino tallado en cuero, con letras doradas.

Mateo Ortega.
Propiedad del Cuaderno.

Temblando, lo abrió.

Solo una línea lo esperaba:

“Ahora, estás dentro.”

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