11. Apartamento 404

 Clara Márquez no era supersticiosa, pero desde que se mudó al edificio Armonía, algo no le cuadraba. Había conseguido el alquiler por una suma irrisoria para ser una zona tan céntrica de la ciudad. Cuando preguntó por qué, el agente inmobiliario se encogió de hombros y murmuró: “La gente no dura mucho en ese apartamento”. Clara pensó que hablaba de vecinos molestos. Se equivocaba.

El apartamento 404 era moderno, luminoso y con una vista privilegiada del parque. No tenía quejas. O no al principio.

La primera noche, a las 3:17 a. m., Clara despertó con el sonido de pasos. Pensó que eran los vecinos de arriba, pero cuando se levantó al baño, notó algo extraño: las luces del pasillo parpadearon al pasar. Y entonces lo vio. Una sombra en el espejo, justo detrás de ella. Giró bruscamente, pero no había nadie.

—No empieces con tonterías —se dijo a sí misma—. Estás cansada, eso es todo.

Al día siguiente, habló con doña Marga, la vecina del 403, una mujer mayor que la miró con pena.

—¿404? —dijo bajito—. Deberías salir de allí cuanto antes, niña.

—¿Por qué? ¿Qué pasó?

—No deberías preguntar.

Clara insistió, y Marga cedió: “La última inquilina desapareció. Como los dos anteriores. Todos jóvenes, solos, como tú. Nadie los ha encontrado”.

Esa noche, Clara no durmió.

A las 3:17 en punto, los pasos volvieron.

Esta vez no venían de arriba. Eran dentro del apartamento.

Corrió a encender todas las luces, pero el interruptor no respondió. Solo una luz tenue en la cocina seguía encendida, parpadeando.

Y sobre la mesa, alguien había escrito con lápiz:

“SAL DE AQUÍ ANTES DE LA CUARTA NOCHE.”

Clara sintió un escalofrío. No había lápices sobre la mesa el día anterior.

Se armó de valor y revisó cada rincón del apartamento. Nada. Cerraduras intactas. Ventanas cerradas. Pero al regresar a su habitación, encontró algo más perturbador: su teléfono había grabado un audio a las 3:17. Ella no lo había hecho.

Le dio play. Al principio, solo estática. Luego, una voz distorsionada: “El cuarto no quiere otra alma”. Clara dejó caer el teléfono.

Al amanecer, fue directo a la policía. Le dijeron que investigaron la desaparición de los anteriores inquilinos, pero no había pruebas. Ninguna señal de violencia. Simplemente se esfumaron. Su única advertencia: “No se quede sola de noche, señorita”.

Clara pensó en mudarse, pero algo en ella —la misma parte que leía novelas de crímenes y veía documentales de asesinos en serie— no podía alejarse. Quería entender qué pasaba.

La tercera noche, preparó cámaras en cada habitación, micrófonos, y escribió en la mesa con su puño firme: “¿Quién eres?”

A las 3:17 exactas, las cámaras se apagaron. Las luces fallaron. Y Clara volvió a oír los pasos. Pero ahora no eran uno… eran muchos. Voces susurraban, apagadas, como si vinieran del fondo de una cueva.

Entraron al dormitorio.

La temperatura bajó. Clara se cubrió con una manta, temblando.

Y entonces, en la oscuridad, una figura se sentó al borde de la cama.

Podía oír su respiración, irregular, ronca.

—¿Qué quieres? —susurró Clara.

Un silencio denso.

Luego, una voz gutural: “Tú aún no. Mañana.”

La figura se desvaneció. Las cámaras volvieron a encenderse. Clara, jadeando, corrió a revisar las grabaciones.

Nada. Solo una interferencia negra durante 17 minutos.

Pero en una imagen, justo antes del apagón, captó algo: el reflejo de una mujer pálida, con los ojos negros como vacío, de pie detrás de ella.

Buscó toda la noche en foros ocultos de internet, y encontró una entrada antigua con el título: “El espíritu del 404”. Un ex inquilino relataba cosas parecidas: voces, sombras, advertencias. Afirmaba que el apartamento no era un lugar, sino una trampa. Un “ancla” para algo que se alimentaba de almas solitarias. Algo que solo se manifestaba en la cuarta noche.

Clara decidió que no esperaría a comprobarlo.

Preparó todo para huir, pero cuando intentó salir, la puerta principal no se abrió. Ni con fuerza, ni con herramientas. Era como si la cerradura no existiera. Como si la madera fuera piedra.

—¡Déjame salir! —gritó, golpeando—. ¡No soy parte de esto!

Un susurro contestó desde dentro de las paredes: “Ya eres mía.”

La cuarta noche llegó.

Clara, agotada, intentó mantenerse despierta. Se encerró en el baño, con luces portátiles, incienso, símbolos de protección y una pequeña navaja. Si iba a pelear, lo haría hasta el final.

A las 3:17, los espejos se oscurecieron. Agua brotó del grifo aunque estuviera cerrado. El aire se volvió denso, irrespirable.

Y entonces la vio.

La mujer del reflejo ya no era un reflejo. Estaba allí. Mirándola.

—¿Por qué yo? —sollozó Clara.

—Porque miraste —respondió la voz—. Porque no huiste.

La figura se abalanzó sobre ella. Clara gritó, alzando la navaja.

Oscuridad.

Cuando los bomberos derribaron la puerta del 404 la mañana siguiente, alertados por doña Marga, encontraron el apartamento vacío. Como los anteriores.

No había señales de pelea. Solo una palabra escrita con sangre en el espejo del baño:

“Miraron.”

Nadie volvió a alquilar el 404. El edificio sigue en pie, pero los vecinos dicen que a veces, a las 3:17, se enciende una luz.

Y si pasas muy cerca de la puerta cerrada, podrías oír pasos. Y una voz que dice:

“El próximo eres tú.”

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